MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CUENTO | El encomendado

image
  • En este cuento, un trabajador enfrenta cada mañana una rutina marcada por carencias y peligro mientras compara su creencia en santitos con la “fe” en la 4T

Cuando por fin Simplicio salió de su casa, ya había hecho muchas cosas, además de lo poco que podía hacer por su aseo personal, dadas sus precarias condiciones de vida. Ciertamente, se había lavado ya la cabeza y la cara, lo cual contaba, para él, casi como un baño; se había cambiado ropa, que previamente, en días anteriores, había medio lavado, y se había tomado una taza de café legal, con unas galletas de “animalitos”, que es lo más barato que se puede encontrar en el mercado en relación con el café y los diversos tipos de galletas. Su salario no daba para más.

En cuanto al baño completo, ni se diga: el agua, aunque, como coloquialmente se dice cuando escasea algo, “brilla por su ausencia”, aquí no se podía decir lo mismo, puesto que agua potable no había ni por equivocación y, en ese sentido, menos podía brillar, puesto que esta se surtía, a algunos hogares, por pipas que, una vez a la semana y a veces menos, pasaban a dejar unos cuantos litros casa por casa, en caso de que hubiera alguien en los cuartuchos que debían recibirla y guardarla en tambos de 200 litros o en donde se pudiera.

Pero él, trabajador de Creaciones Guz Sociedad Anónima de Capital Variable, no tenía tiempo de esperar la pipa del surtimiento de agua, pues su trabajo lo obligaba a ingresar a la fábrica a las ocho de la mañana y solo podía salir hasta las seis de la tarde; pero el trayecto desde Lomas de San Sebastián hasta la fábrica le llevaba hora y media de ida y otro tanto de vuelta. Para mantenerse en este trabajo tenía que salir a las seis o seis y media de la mañana y regresar casi a las ocho de la noche. ¿Qué tiempo iba a tener Simplicio de esperar la pipa de surtimiento del agua? Por eso tenía que cuidar, hay que decirlo sin exageración, hasta la última gota de agua, de ahí que su baño diario consistiera en lo que ha quedado referido.

Pero decíamos que, cuando al fin salió de su casa, ya había tenido que hacer muchas cosas, cuestión que José Ceballos, su amigo, no sabía y esa era la razón por la que lo había estado esperando. Por eso, cuando salió de su casa para dirigirse ambos al trabajo, José le dijo a Simplicio:

—Bueno, chingao, Simplicio, te tardas para salir más que si fueras una mujer; si sigues así, un día vamos a llegar tarde al trabajo y nos van a regresar o a correr.

—Puede que tengas razón, José, pero es que tú no sabes lo que yo hago antes de salir.

—¿Y cómo diablos voy a saber?, ni que fuera adivino.

—Sí, verdad. Mira, mejor te explico. Es que antes de salir me encomiendo a todos los santos que conozco y hasta a los que no conozco.

—¿Ah, sí?, ¿y a cuántos y a cuáles conoces?, ¿y por qué o para qué te sirve?

—Del por qué lo hago es porque me parece que, así como están las cosas, no me queda otra más que encomendarme a lo que sea. De si me sirve, no sé, pero como me siento tan desamparado, pues creo que algo tengo que hacer.

—Creo que te entiendo, pero mejor dímelo tú.

—Mira, aquí la casa se queda sola y puede ser que entren a robar y, como no se van a poder llevar nada, porque nada tengo, capaz de que, enojados, le prenden fuego a las cosas que tengo aquí y, como están todas viejas y feas, se va a quemar, como luego dicen, hasta los cimientos; pero supón tú que eso no pasa, mira, esta combi vieja y destartalada que agarramos para salir a la México-Texcoco, con eso de que quieren ganar pasaje van como demonios “enmariguanados” y así puede que choquen con algún otro carro o se estampen contra un poste; y luego, cuando cambiamos de transporte, los micros que van sobre la carretera rumbo a Los Reyes, en cualquier rato se suben algunos de esos malandrines que, para no batallar en lo que saben hacer, le gritan a uno, cuando sacan los cuchillos o las pistolas, eso de “ya se lo saben”, y tenemos que darles hasta las gracias. Pero suponte que no nos asaltan ahí; después de bajarnos de la combi, como tenemos que caminar, nos salen en la calle otros de la misma calaña y también nos van a quitar hasta los tenis, si nos va bien, porque si no, la madriza, tiro o cuchillada que nos metan nos va a mandar al hospital; y si no nos asaltan, en cualquier rato nos hacemos de palabras con cualquier loco, borracho o drogadicto que nos encontremos y también nos puede pasar lo mismo. En fin, te pueden robar lo poco que tienes en la casa, chocar la combi donde vamos, te asaltan en cualquier lugar o, también, de repente, se arma una “balaciza”, como dicen algunos, y te toca una bala perdida que, si a ti te toca, no andaba perdida y, si te toca, el perdido vas a ser tú.

En fin, que la verdad es que yo salgo, pero no sé si regreso. Y, como yo sé que cualquier cosa de esas me puede pasar, entonces, antes de salir, le pongo su veladora a San Miguel Arcángel para que me dé coraje de enfrentarme a esta vida diaria; a San Cristóbal, para que me ayude y proteja de algún accidente en el camino; a Benito de Nursia, para ver si algo puede hacer contra todas esas fuerzas negativas; a San Jorge, para que me dé coraje y protección contra el enemigo y me quite el miedo, y conste que tengo mucho.

Lo mismo hago con otros santitos; por último, me encomiendo y le pongo sus veladoras a San Judas Tadeo, porque, como este es el de las causas perdidas, si todos los demás fallan, pues les va a ayudar a los demás y así puede ser que la libre otro día, ¿no crees?

—La verdad no sé. Pero entonces, ¿es que tú no crees en eso de la 4T?

—Ay, José, que no ves que ya llevamos con esa cantaleta ocho años y las cosas no han cambiado nada. Aquí, en Lomas de San Sebastián, no tenemos agua, pavimento, drenaje ni alumbrado público, ni policía, ni nada, ¿y todavía me sales con eso? Estoy pensando que estamos iguales: yo creyendo en mis santitos y tú creyendo en la 4T.

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más