MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Otra vez, la lucha popular

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• La movilización frenó el alza: tarifa baja de 14 a 11 pesos tras protestas en Jalisco

Escribía Herman Melville en su Moby Dick: “Una vez terminada una muy peligrosa y larga expedición, sólo comienza una segunda; y concluida una segunda, sólo comienza una tercera, y así por siempre jamás”. 

Tal vez la vida de la clase trabajadora, una vez terminada una extenuante jornada de trabajo: sólo queda “descansar” para poder estar listo para una segunda y así por siempre. Suena crudo, pero es la realidad cotidiana de quienes sólo tenemos nuestra fuerza de trabajo para intercambiarla por un salario. 

La inconformidad social no se hizo esperar; la respuesta de la ciudadanía fue la organización y la manifestación pública.

Se busca colmar al individuo para que no preste atención a lo que es capaz de lograr si se juntara con sus iguales; se busca, a largo plazo, domesticar las aspiraciones de la gente, hacerle creer que no hay alternativas posibles y matar todas sus esperanzas, salvo que el pueblo reaccione y actúe. El actuar debe surgir del reconocimiento del otro, de darse cuenta de que son víctimas del mismo problema.

Este reconocimiento es precisamente lo que el sistema intenta erosionar en la base de la clase trabajadora, ya que el modo de producción capitalista apuesta por el aislamiento de los individuos y la apatía generalizada, no solamente en su centro de trabajo, también en la sociedad en su conjunto, para perpetuarse. 

No sólo se extrae plusvalía del trabajador, sino que se le bombardea constantemente para fragmentarlo, transformarlo en una pieza atomizada que, al desconocer su fuerza colectiva, queda reducido a una mercancía más. 

Sin embargo, esa atomización no es infalible; los seres humanos guardamos reservas de coraje que a veces son inimaginables. Romper el aislamiento implica entender que la precariedad no es un fallo individual, sino un síntoma sistémico que sólo puede ser confrontado mediante la construcción de la solidaridad combativa de quienes la padecemos. 

Se necesita tomar un papel activo y organizado que desafíe la lógica del capital, pues es únicamente a través de esa acción colectiva consciente como se han forzado las grietas en el sistema para arrancar derechos que hoy parecen naturales.

El desarrollo del capitalismo condujo a protestas de denuncia contra las condiciones inhumanas creadas por las jornadas extenuantes, los salarios miserables y la ausencia de protección estatal. 

Los derechos conquistados por la clase trabajadora han sido producto de su propia lucha; nadie le ha regalado ni un ápice. Algo que pareciera demasiado común tiene un pasado de lucha combativa. 

Una muestra de ello es la conquista de la jornada de ocho horas en 1886, un derecho que hoy se da por sentado, pero que fue posible gracias a la movilización de más de 300 mil trabajadores en Estados Unidos. 

Nuestro país también ha sido muestra de resistencia con las huelgas de Cananea, en 1906, y Río Blanco, en 1907, en donde más de 10 mil trabajadores lucharon por mejores condiciones laborales.

Por último, la Revolución rusa de 1917, lucha que encabezaron los obreros y campesinos por una vida digna, derrocando al gobierno zarista que los tenía sumidos en la miseria. Los resultados obtenidos son producto del compromiso y de la lucha popular. La clase trabajadora tiene memoria de lucha y de lo que es capaz cuando se organiza.

Los gobiernos de México, bajo el modo de producción capitalista, extienden la injusticia de las fábricas a la vida cotidiana, esa que se vive todos los días, desde que se levantan hasta que regresan después de haber concluido sus labores diarias. 

Según datos del Inegi, en México sólo el 32.5 % de la población nacional, es decir, no tiene carencias de ningún tipo, cosa contraria al 67.5 % que tiene carencias de todo tipo, y entre ellos 44.5 millones de personas carecen de acceso a los servicios de salud y otros 24 millones tienen atraso educativo.

Junto a ello, el rezago en infraestructura social por falta de inversión, sobrecostos en obras públicas y una distribución ineficiente de los recursos públicos, acciones que repercuten directamente en la calidad de vida de millones de mexicanos. 

Cifras del Inegi revelan que la Población Económicamente Activa en México es de 61.8 millones de personas. De ellas, el 54.8 %, equivalente aproximado a 33 millones, se encuentra en condiciones de informalidad.

Por último, en un análisis realizado por Máximo Jaramillo, director del Instituto de Estudios sobre la Desigualdad, titulado “¿Derechos o privilegios?”, informa que el 10 % más pobre en México apenas recibe 2 mil 168 pesos mensuales por persona, 70 diarios, mientras que el 10 % más rico percibe 140 mil 998 pesos mensuales por persona.

Además, el 1 % de los más acaudalados obtiene 958 mil 777 pesos al mes por individuo, equivalente a 442 veces más que los más pobres, de tal manera que el 1 % de los más ricos acapara 35 % de los ingresos del país, mientras que los hogares más pobres concentran sólo 2 % de la riqueza nacional.

Los más pobres gastan sus ingresos en necesidades básicas como alimentos y vivienda, derechos que deberían estar garantizados por el Estado, así como transporte, los hogares más ricos invierten en educación privada, esparcimiento y transporte de lujo. Los más pobres destinan una tercera parte de sus ingresos a pagar la renta de vivienda y cerca del 10 % al transporte público.

Una cosa es leer cifras sobre pobreza y otra cosa es ver las condiciones espantosas en las que vive la clase trabajadora. Hay una sola manera de enfrentar todas estas cuestiones. Si uno está sólo, no puede hacer más que lamentarse por la situación, pero si se une con los suyos, puede cambiar las cosas. 

El pasado mes de diciembre se anunció el incremento al transporte en el estado de Jalisco, una medida, como siempre, de transferir los costos de los ricos a los pobres. Dicho incremento entraría en vigor a partir del primero de abril de 2026, pasando la tarifa del transporte público de 9.5 a 14 pesos. Un duro golpe a la economía de la clase trabajadora. 

La inconformidad social no se hizo esperar; la respuesta de la ciudadanía fue la organización y la manifestación pública. Miles salieron a marchar y recabar firmas para revertir dicha imposición disfrazada de “ajuste técnico”.

En las principales avenidas de la capital tapatía resonaba una consigna: #NoAlTarifazo. La clase trabajadora no pedía favores; exigía, y exige, mejores condiciones de traslado que repercuten directamente en su calidad de vida.

Tras meses de lucha, el pasado 5 de marzo de 2026 y a tan sólo un día de la visita de la presidenta de la república a Guadalajara, el gobernador del estado, Pablo Lemus Navarro, anunció a través de redes sociales que la tarifa del transporte público se fijó en 11 pesos y no en 14, como se había anunciado previamente. 

Además, señaló que ya no es necesario portar y tramitar la tarjeta “La Única al Estilo Jalisco” para acceder a la tarifa, operada por la financiera Broxel que, dicho sea de paso, en 2020 recibió una amonestación de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores por “incumplir con las disposiciones en materia de prevención de operaciones con recursos de probable procedencia ilícita”. 

Algo debe quedar claro: dicho revés en la posición sobre la tarifa al transporte público no fue producto de la benevolencia de los gobernantes en turno; de ninguna manera. Fue producto de la manifestación e indignación popular de miles de jaliscienses. Una muestra más de lo que puede lograr la clase trabajadora cuando se organiza y lucha.

Históricamente, los pueblos no han tenido otra posibilidad más que la de luchar por conseguir mejores condiciones de vida: luchar y luchar. Los problemas sistemáticos salen a la luz todos los días y exigen que la clase trabajadora asuma nuevamente su papel, recuerde los derechos que ha conquistado a base de la lucha popular y tenga presente, hoy más que nunca, que la lucha por la liberación definitiva de nuestra clase no termina nunca. 

Hoy es el logro contra el tarifazo, mañana deberá ser la conquista por el poder político de nuestro país para construir una sociedad más justa, en donde todos puedan vivir dignamente. Hasta entonces, la lucha sigue.

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