Las recientes acciones intervencionistas del imperialismo estadounidense en Venezuela, que llevaron al secuestro del presidente Nicolás Maduro, han sido interpretadas según el interés político y socioeconómico de quienes las analizan. En México, muchos especialistas se han apresurado a aplaudir la medida y, por tal motivo, a respaldar las implicaciones de una acción de naturaleza violenta que vulnera el derecho internacional y que hace posible una intervención militar en territorio nacional. Me refiero a la derecha mexicana, que no recuerda lo que el gobierno de Estados Unidos (EE. UU.) efectuó en Chile en 1973: usó a Augusto Pinochet para establecer una dictadura militar; pero cuando les pareció incómodo, lo arrestaron en su domicilio y lo desecharon como un trapo que se usa y tira.
Otras reacciones más sensatas, en mi opinión, condenaron con energía la violación al derecho internacional, pues Nicolás Maduro fue electo presidente conforme a los principios constitucionales de Venezuela y, por este motivo, el gobierno de EE. UU. no puede convertirse en juez de la democracia y menos mientras apoya, con su política exterior y armamento, al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quien está cometiendo un genocidio en Gaza.
Es esperanzadora la movilización del pueblo venezolano para protestar y exigir que se les devuelva a su presidente, imputado falsamente de ser la cabeza del llamado Cártel de los Soles, a pesar de que la fiscal general, Pam Bondi, quien imputa a Maduro, presentó una “acusación revisada” en la que ya no se plantea al Cártel de los Soles como una organización criminal dedicada a comerciar drogas, sino como un “sistema de clientelismo y una cultura de corrupción entre militares y élites venezolanos”.
El exmandatario Hugo Chávez advirtió lo que hoy está ocurriendo en su país: “EE. UU. es la nación más agresora de la humanidad: se atrevieron a lanzar bombas atómicas sobre ciudades indefensas, ahí están Hiroshima y Nagasaki; han invadido Panamá, bombardearon y mataron a miles, quemaron un barrio entero para llevarse a Noriega, acusándolo de narcotraficante y allá está preso el que era presidente de Panamá… hay una operación diseñada en el pentágono que viene aproximándose, de varios años, alguien me lo dijo hace varios años: te van a terminar acusando a ti de narcotraficante, a ti directamente, a ti Chávez… te van a tratar de aplicar la fórmula Noriega… están buscando la manera de que se asocie a Chávez directamente con el narcotráfico y luego cualquier cosa es válida contra un narcotraficante que es presidente, ¿no es así?”.
Esta previsión es una clara muestra de los intereses pragmáticos detrás de las actitudes bélicas del imperio. No es la primera vez que se evidencian. Los mexicanos no podemos olvidar que en 1848 nos quitaron más de la mitad de nuestro territorio. Hoy, ese mismo imperio –que, como decía Fidel Castro, “no tiene amigos, sólo intereses”– nos amenaza por boca de Donald Trump, presidente de EE. UU., quien abiertamente expresa no estar contento con lo que sucede en nuestro país porque aquí gobierna el narco, no Claudia Sheinbaum. Estas palabras representan la antesala de una intervención en México que fortalezca la posición imperial de EE. UU. frente a su derrota económica y política gradual y el fortalecimiento del Grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).
Es por todo esto que no parece conveniente andarle echando vivas al secuestro ilegal de Maduro con la creencia de que con éste se abre paso la “democracia”. ¡Cuidado! Querer quedar bien con los estadounidenses para conseguir poder o algo parecido es muy peligroso, porque ¡lo que hoy le hacen a Maduro se lo pueden a hacer a cualquiera! Y, además, porque es demasiado indigno actuar como un títere del imperialismo yanqui. La solución a los problemas de México no puede depender, de ninguna manera, de la intervención militar de EE. UU. Si los imperialistas gringos pretenden entrar a México, como se han metido en Venezuela, es para recomponer su condición geopolítica en el plano mundial, pues han perdido mucho terreno. Además, en la tierra de Simón Bolívar aún falta ver si el pueblo venezolano admitirá sin más la acción de Trump o dará una lucha permanente en defensa del chavismo y la Revolución Bolivariana.
En principio, la respuesta del presidente Maduro fue contundente cuando le preguntaron si era el ciudadano Nicolás Maduro: “Soy el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela y soy un prisionero de guerra”. En términos legales, asimismo, la defensa de Maduro buscará llevar el caso a la Corte Suprema de EE. UU. invocando el principio de la “inmunidad soberana” que brinda protección a un jefe de Estado, pues el gobierno estadounidense no tiene jurisdicción para juzgar a un mandatario capturado en el extranjero.
Los pueblos del mundo no deben equivocarse: no pueden estar de acuerdo con el secuestro del presidente Maduro ni permitir que otra nación se haga cargo de los problemas que no son de su incumbencia. Y, finalmente, sobre la base de la Doctrina Estrada, exigir el estricto apego al principio del derecho internacional de no intervención. Por ello fue ejemplar su voto cuando los gobiernos-títeres de EE. UU en otras naciones latinoamericanas sacaron a Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA). El único voto contra esa resolución fue el de México.
En el contexto geoeconómico, el control del petróleo de Venezuela sería una tablita de salvación para EE. UU., que sólo tiene reservas de crudo para los próximos seis años; y como los BRICS ya no usan dólar para intercambiar mercancías, entre ellas el petróleo, la debilidad del imperio queda más expuesta. Es por ello que Washington está efectuando acciones desesperadas, que únicamente el 33 por ciento de los estadounidenses aprueba porque presume o intuye que no tendrán un final feliz.
Estamos ante la sombra del imperialismo de EE. UU., que ha entrado en su fase de decadencia y nada de lo que realice detendrá su caída. Éste es el momento de los pueblos del mundo para construir una sociedad más justa y mejor para todos que no se base en el interés egoísta y el enriquecimiento de unos cuantos a costa de millones de seres. Se trata de edificar una sociedad en la que todos produzcan, pero en la que, al mismo tiempo, todos puedan disfrutar de la riqueza producida. Esa sociedad es la única esperanza que tiene la humanidad antes de que la oligarquía estadounidense, en su desesperación por ya no controlar gran parte del mundo, lance sus bombas atómicas y extermine a los pueblos inocentes que buscan el progreso de la humanidad sin tener que humillarse y someterse a los designios del imperio.
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