• El 78 % de la población enfrenta carencias mientras crece la concentración de ingresos
México es un país que duele en silencio. Mientras desde las tribunas oficiales se nos repite que “todo va bien” y que la economía avanza hacia la prosperidad compartida, millones de mexicanos madrugan cada día para subirse a transportes abarrotados, cumplir jornadas extenuantes y regresar a hogares donde el agua potable sigue siendo un lujo.
No tenemos nada que perder excepto nuestras cadenas. La lucha es la esperanza de un país donde el trabajo no sea sinónimo de miseria, sino de dignidad y libertad.
La pobreza en México no es un accidente estadístico ni un fenómeno natural. Es el resultado de decisiones políticas, de un sistema económico que ha perfeccionado el arte de concentrar la riqueza en pocas manos mientras la mayoría sobrevive con salarios que no alcanzan ni para lo básico.
Hablar de pobreza es incómodo. Incomoda a quienes diseñan las políticas, incomoda a quienes se benefician del statu quo y, sobre todo, incomoda porque nos obliga a mirar de frente una realidad que preferimos maquillar con eufemismos como “grupos vulnerables” o “clase humilde”.
Pero los datos son tozudos. Investigadores como Julio Volvinic señalan que el 78 % de la población vive en condiciones de pobreza. El 56 % de los trabajadores labora en la informalidad, sin contratos ni prestaciones. Y el salario mínimo, fijado en 248 pesos diarios, es apenas una burla para quien intenta alimentar a una familia.

Mientras tanto, Grupo México reportó utilidades por 4 mil 200 millones de dólares en 2023. El contraste no es casualidad: es el diseño mismo del sistema.
La llamada Cuarta Transformación llegó con discursos de cambio y justicia social. Sin embargo, las reformas laborales prometidas, incluidas las enmiendas constitucionales de 2019, permanecen atrapadas en el laberinto burocrático.
Los sindicatos, lejos de proteger a los trabajadores, siguen plagados de líderes “charros” que firman contratos de protección a espaldas de la base obrera.

Las imágenes que nos muestran las noticias, así como las que no se muestran, son desgarradoras: pacientes conectados a aspiradores improvisados con vasos de plástico, enfermedades erradicadas que resurgen por falta de medicamentos, comunidades enteras devoradas por la violencia. No son excepciones. Son la norma en un país que se niega a reconocer su propia crudeza.
Frente a este panorama, el asistencialismo no basta. Repartir despensas o dar becas no resuelve un problema estructural que requiere, ante todo, redistribución de la riqueza y transformación del modelo económico.
La historia ha demostrado que los cambios profundos no vienen de arriba. No los conceden los poderosos por bondad. Los construyen desde abajo las mayorías organizadas.

La Comuna de París en 1871, las movilizaciones que dieron origen al Primero de Mayo, las grandes huelgas obreras del siglo XX: todas fueron fracturas en el orden establecido; todas fueron posibles porque los trabajadores recuperaron su conciencia de clase.
Hoy, el sistema ha intentado minar esa capacidad de resistencia mediante la precarización extrema, que deja sin tiempo ni energía para politizarse, la represión y la cooptación de líderes. Pero la resistencia no está muerta.
Se requiere forjar un instrumento político distinto, libre de ataduras oligárquicas, que reúna a obreros, campesinos y sectores explotados. Un movimiento que recupere la democracia radical de los consejos obreros, donde las huelgas se transformen en asambleas generales y los trabajadores redacten las leyes que los gobiernan.

La consigna de Marx y Engels, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, no ha envejecido. Sigue siendo tan vigente como en el siglo XIX, porque aunque la explotación también se ha modernizado, no ha desaparecido.
Los trabajadores mexicanos tienen ante sí una disyuntiva clara: seguir siendo engranajes reemplazables de una máquina que los desangra, o unirse para tomar en sus manos el control de su destino.
El primer paso para resolver un problema es reconocerlo. Y reconocer la pobreza en México no como una fatalidad, sino como una injusticia construida y sostenida por intereses muy concretos.
No tenemos nada que perder excepto nuestras cadenas. La lucha es la esperanza de un país donde el trabajo no sea sinónimo de miseria, sino de dignidad y libertad.
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