• Más de 2 millones de habitantes enfrentan condiciones extremas de vivienda en una de las ciudades más pobladas del mundo
Todo aquel que haya leído La Divina comedia, escrita por Dante Alighieri entre los años 1304 y 1321, no puede hacer otra cosa más que estremecerse y horrorizarse ante los castigos que reciben todos aquellos que han violado la justicia humana y divina. Los castigos que sufren corresponden, contrastándolos, con lo opuesto al pecado cometido y son perturbadores por la crueldad con que provocan sufrimiento en las almas que violaron, en vida, las reglas humanas y divinas.
En estos edificios y en estas condiciones “viven” los desechos de hombres y mujeres que algún día fueron mano de obra útil, pero que ahora ya no sirven por su edad o por el exceso de mano de obra más joven.
Pero el infierno cristiano y el de Dante tienen la gran virtud, si es que le podemos dar este nombre, de que sólo podrán ser posibles en caso de haber otra forma de existencia de los seres humanos, lo cual, hasta ahora, es muy discutible.
Sin embargo, en esta vida, en este instante y en esta época, hay infiernos iguales o peores que el que Dante imaginó. Podemos verlos, sólo con proponérnoslo, en diferente grado, casi en cualquier parte del mundo. Los mexicanos los encontramos en la Ciudad de México, en algún municipio conurbado o en otras ciudades del país.

Veamos algunos de los ejemplos más crudos.
En Hong Kong, China, recordemos la fórmula “un país, dos sistemas”, expuesta por Deng Xiaoping en 1984, una de las ciudades más pobladas del mundo, donde históricamente se ha desarrollado una de las formas vigentes y descarnadas del capitalismo.
Por un lado, fortunas y riquezas inimaginables; por el otro, miseria y desamparo de más de 2 millones de habitantes con vidas que no parecen vidas. Estos más de 2 millones de personas viven en condiciones que parecen sacadas de la imaginación delirante de un desquiciado.

Ahí se han construido, en espacios reducidos, edificios muy altos, tan altos que pueden compararse con rascacielos. Fueron diseñados para albergar familias pequeñas, pero, ante la gran demanda de vivienda, se han visto obligados a subdividirse a límites increíbles para poder ofrecer espacios tan minúsculos como de dos metros de largo por uno de ancho; es decir, un área de dos metros cuadrados o incluso menos, es decir, espacios de 1.60 por 60 centímetros.
En un lugar así sólo se puede estar acostado y con las mínimas pertenencias, es decir, prácticamente nada. A tales tumbas para vivos sólo se puede acceder por estrechos pasillos; el servicio de baño es compartido por un gran número de usuarios, provocando para casi todos olores fétidos insoportables.
La única forma de permanecer en estas “jaulas”, literalmente así se les llama, es estar acostado y no de otra forma. A esto hay que sumarle el inconveniente de tener a otros seres humanos por encima o debajo de la jaula en que se “vive”.

Aquí coexisten, de manera promiscua e inimaginable, discapacitados y hombres y mujeres de la tercera edad que tienen algún empleo o reciben alguna pensión del Estado, lo cual les resulta totalmente insuficiente para poder pagar cualquier otro espacio. Este es el último escalón antes de irse a vivir a la calle como basura que abunda en calles abandonadas, antes de convertirse en basura humana.
En estos edificios y en estas condiciones “viven” los desechos de hombres y mujeres que algún día fueron mano de obra útil en algún trabajo o empleo, pero que ahora ya no sirven por la edad que tienen o por el exceso de mano de obra más joven, la cual es preferida a los viejos inútiles que las empresas capitalistas desechan sin importarles el destino al que se verán expuestos.
Por cierto que muchos de esos habitantes de las jaulas y otros en peores condiciones sólo las usan para guardar su ropa o descansar alguna que otra vez, pues, ante lo reducido del espacio y las penurias que se sufren en ellas, prefieren irse a dormir a algún restaurante que trabaje las 24 horas, como McDonald’s, y ahí, sentados y recargados sobre la mesa o casi cayéndose de la silla, descansan unas pocas horas para poder regresar a trabajar al otro día, en el empleo que tienen y en el turno que les corresponde, y ganar algún dinero para tener algo que comer y vestir.
¿Imaginó Dante, para los vivos, este infierno?
Continuará.
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