MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Orgullo: entre la lucha antisistema y la mercantilización

image

• En 1969 la disidencia sexual inició una protesta; hoy es un mercado que genera 3 mil millones de pesos

El 28 de junio es reconocido como el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ desde 1970. No fue instituido por ninguna persona u organismo de forma individual y originalmente no se trataba de un desfile festivo para celebrar la identidad sexual, sino de una jornada de protesta contra la represión estatal, por la reivindicación de derechos civiles y sociales y contra la discriminación.

El paulatino proceso de despolitización permitió que el propio capitalismo comprendiera que le era más favorable asimilar la disidencia sexual que combatirla, convirtiendo lo "gay" en nuevo objeto de consumo.

Actualmente se recurre a los "disturbios de Stonewall" como mito fundacional del Día del Orgullo. La realidad es que el movimiento por los derechos de la disidencia sexual surgió como parte de las luchas antisistémicas libradas por diversos sectores oprimidos de la sociedad capitalista: el feminismo revolucionario, el movimiento antirracial, la oposición de la juventud a la guerra o el sindicalismo. Por tanto, en sus orígenes estuvo fuertemente influenciado por el pensamiento socialista y anticapitalista.

La madrugada del 28 de junio de 1969, un centenar de personas de la diversidad sexual, trabajadoras sexuales y jóvenes sin hogar repelieron una agresión de la Policía de Nueva York en el centro nocturno Stonewall Inn, que realizaba redadas recurrentes para encarcelar a personas de los estratos más vulnerables.

Algunos de los activistas que encabezaron este acto de resistencia fueron Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, dos mujeres transexuales, pobres y militantes del Frente de Liberación Gay. 

En su manifiesto fundacional esta organización sostenía que la discriminación y la opresión contra personas homosexuales o transexuales no era un problema de prejuicios individuales, sino un mal congénito del sistema capitalista, para el cual es vital mantener inalterable la familia nuclear que garantiza la reproducción de la fuerza de trabajo, el consumo doméstico y la transmisión de la propiedad privada. 

Por ello, los señores del capital y sus esbirros del gobierno eran enemigos rabiosos de cualquier divergencia que altere dicho sistema familiar.

Para este movimiento y otros colectivos de la época no era posible luchar contra la homofobia sin luchar, al mismo tiempo, contra el racismo, el imperialismo y la explotación de la clase trabajadora. Así, la libertad sexual plena era inseparable de la revolución socialista.

Pero a raíz de la caída del bloque socialista y de la instrumentación de las políticas neoliberales en buena parte del mundo occidental, el movimiento LGBTIQ+ se fue despolitizando. 

Durante los años ochenta y noventa, las organizaciones más visibles enarbolaron como demandas principales aquellas concesiones que les permitieran integrarse mejor al sistema económico y político vigente: matrimonio igualitario, inclusión en espacios laborales, fin de las terapias de reconversión forzadas de género, acceso a los sistemas de seguridad social, etcétera.

Esta agenda, aunque legítima en muchas de sus demandas, abandonó la crítica estructural del sistema, a pesar de ello se conquistaron avances importantes con décadas de activismo, movilización pacífica y presión social.

En México, por ejemplo, para 2022 los 32 estados de la república reconocían el matrimonio igualitario; se prohibieron las terapias de conversión, se tipificaron los crímenes de odio en los códigos penales y, más recientemente, se permitió el acceso de parejas del mismo sexo a la seguridad social y las prestaciones del IMSS e Issste.

Sin embargo, el paulatino proceso de despolitización permitió que el propio capitalismo comprendiera que le era más favorable asimilar la disidencia sexual que combatirla, convirtiendo lo "gay" en nuevo objeto de consumo.

Esto ocurre porque el capitalismo no es un monolito inalterable, sino que se adapta a los cambios sociales y coopta aquellas luchas que no le suponen una amenaza real y en las que incluso encuentra un nuevo mercado. 

Por ello, lo que hoy llaman "capitalismo arcoíris" es la estrategia mediante la cual las grandes corporaciones se apropian del lenguaje y la estética de la disidencia sexual para legitimarse, mientras evitan cualquier cambio estructural que permita una verdadera distribución de la riqueza.

Uno de los resultados más evidentes de esa asimilación fue la dilución del 28 de junio como día de lucha, sustituido por el "mes del orgullo" asociado con fuertes campañas publicitarias de las grandes corporaciones. Además, las marchas fueron abandonando su carácter contestatario para convertirse en desfiles publicitarios, espectáculos musicales o simples shows.

Empresas tecnológicas como Apple, Google y Amazon invierten millones en campañas durante el mes del orgullo, mientras financian a políticos que promueven una agenda anti LGBTIQ+ en Estados Unidos y a nivel mundial.

Según estimaciones de la Secretaría de Turismo de la Ciudad de México, la marcha del orgullo genera una derrama económica de 3 mil millones de pesos que beneficia fundamentalmente a grandes marcas, bares, aerolíneas, bancos, plataformas de streaming y cadenas hoteleras. Mientras las corporaciones se disfrazan con los colores del arcoíris, en la realidad mexicana persisten graves problemas de exclusión.

México es el segundo país de América Latina con más asesinatos de personas por su orientación sexual; la esperanza de vida de las personas trans es de apenas 37 años, la falta de oportunidades orilla a muchas de ellas al trabajo sexual como vía de subsistencia; el 35 % de las personas LGBTQ+ vive en desempleo y persisten barreras y estigma para la atención en instituciones de salud pública.

Ninguno de esos problemas tiene su origen en la simple "falta de visibilidad". Tienen que ver con la carencia de justicia material y no pueden corregirse en el marco del propio capitalismo, sino en un sistema económico que distribuya mejor la riqueza social producida por la clase trabajadora y con un nuevo tipo de Estado que ponga en primer lugar el bienestar humano y no el afán de lucro y ganancia de unos cuantos.

Por ello, más allá de rechazar la mercantilización del Día del Orgullo o criticar la lucha por los derechos pendientes, el objetivo de este artículo es recordar el origen de la protesta y su vínculo con otras luchas antisistémicas. 

Porque en el mundo actual, en el que crece sin control la desigualdad, la falta de oportunidades, los bajos salarios, la violencia y la opresión en todas sus formas, la lucha por la superación de este sistema injusto debe volver a unir a todos los sectores oprimidos de la sociedad.

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más