El pasado 17 de diciembre, el presidente de los Estados Unidos Donald Trump, refiriéndose a Venezuela, declaró: “Se llevaron todo nuestro petróleo no hace mucho, y lo queremos de vuelta”. La arrogante afirmación fue recogida y publicada por diversos medios nacionales como Aristegui Noticias, medios internacionales como el New York Times, y replicada por todo el arsenal propagandístico estadounidense distribuido por todos lados con tal intensidad que, por lo visto —a juzgar por su silencio—, a muchos hizo dudar de quién realmente es el verdadero dueño del petróleo venezolano, haciéndoles olvidar también que no hace mucho, el propio Donald Trump juraba y perjuraba que el único propósito de su intervención en el Caribe era destruir el narcotráfico.
No es sólo la economía productiva, el armamentismo o el consumismo estadounidense lo que depende de la energía fósil: también descansa sobre ella la decreciente credibilidad de su moneda y su sistema financiero.
De los pocos que protestaron inmediatamente fue el presidente colombiano Gustavo Petro, quien exigió que “si Estados Unidos quiere el petróleo venezolano debe devolver Texas, California y el sur de ese país a los mexicanos; territorio que no fue comprado sino invadido”.
Pero no era la primera vez que Trump externaba su verdadera intención de apropiarse de los hidrocarburos venezolanos; el 12 de junio de 2023, reportó el Diario La Nación), en un mitin en Carolina del Norte, siendo aun candidato para su segunda administración presidencial, exclamó: “¿Qué les parece? ¿Que le estamos comprando petróleo a Venezuela?”. Refiriéndose al gobierno de Biden agregó: “Cuando me fui, Venezuela estaba lista para colapsar; la habríamos tomado, hubiésemos conseguido todo ese petróleo, habría estado justo al lado, pero ahora le estamos comprando, estamos haciendo muy rico a un dictador ¿Pueden creer eso? ¡Nadie puede creerlo! La cosa más buena y hermosa que puedes tener, oro líquido, mejor que el oro, justo debajo de nuestros pies. Tenemos (sic.) más que Arabia Saudita, tenemos más que Rusia (re sic), vamos a tener el sistema de energía más grandioso, vamos a saldar la deuda, vamos a reducir los impuestos, vamos a hacer mucho más dinero de a lo que llegaron estos tipos”.
Hay que recordar que Venezuela nacionalizó oficialmente la industria petrolera el día 1 de enero de 1976 durante la gestión de Valentín Hernández Acosta, dando lugar al nacimiento de la empresa estatal Petróleos de Venezuela, Sociedad Anónima (PDVSA).
Todas las compañías petroleras extranjeras relacionadas con el petróleo fueron reemplazadas por empresas venezolanas filiales de PDVSA que desde esa fecha controla la actividad de explotación de hidrocarburos.
En 1986, PDVSA compró el 50 % de las acciones de la empresa estadounidense Citgo y adquirió el resto en 1990. Durante todo el año que recién terminó, Estados Unidos intentó recuperar el control de Citgo mediante una operación disfrazada de compra, a través de la empresa Amber Energy; “compra” que planeaba concretar para este 2026.
Sin embargo, la urgencia de la Casa Blanca por apropiarse del dominio absoluto de las materias primas y los recursos naturales que se producen en suelo latinoamericano, que despectivamente ha llamado su “patio trasero” lo ha llevado a poner en marcha una operación más amplia en la región, promoviendo gobiernos afines a su política intervencionista, al igual que hizo en Argentina, en países como Bolivia, Chile y Honduras.
La desesperación del imperio reflejada en su presidente Trump se explica porque, por un lado, de acuerdo con Correo del Alba del 23 de diciembre de 2025, Estados Unidos, un voraz consumidor de energía fósil y su necesidad de importar entre el 30 y el 35 % de ella para subsistir, engulló diariamente durante 2023 unos 20.25 millones de barriles de petróleo en promedio, más de 7 mil 391 millones de barriles al año.
A mediados de 2025, según el Departamento de Energía de los Estados Unidos, su reserva estratégica alcanzaba unos 410 millones de barriles. A fines de 2023 tenía en el subsuelo reservas de crudo y condensados de unos 46.4 mil millones de barriles, las cuales apenas servirían para unos 2 mil 290 días, es decir, 6.3 años. Por otro lado, el país con mayores reservas probadas de petróleo en todo el planeta es Venezuela con 303 mil 806 millones de barriles.
Otro elemento que debe tomarse en cuenta es el que menciona la nota de Correo del Alba cuando dice: “Se entiende la gravedad de estas cifras si se considera que, desde que el presidente Richard Nixon declaró en 1971 que el dólar dejaba de estar respaldado en oro, el valor de dicha divisa está sustentado en el ‘petrodólar’, vale decir en la presión militar y diplomática para que todas las compras y ventas de petróleo en el mundo sean efectuadas en dólares. No es sólo la economía productiva, el armamentismo o el consumismo estadounidense lo que depende de la energía fósil: también descansa sobre ella la decreciente credibilidad de su moneda y su sistema financiero”.
Por lo tanto, el desenlace que ha tenido el asedio contra Venezuela en la madrugada de este 3 de enero de 2026, al grado de violar su soberanía y sustraer a su presidente Nicolás Maduro y a su esposa utilizando una fuerza de élite del ejército estadounidense, se encontraba entre las opciones contempladas por el imperio, pero no por ello menos violatorio del derecho internacional y la Carta de la ONU.
En el repudiable crimen murieron, de acuerdo con el New York Times, alrededor de 80 personas, civiles y militares, entre ellos 32 cubanos que colaboraban con el gobierno de Maduro, acción deleznable y vil que ha sido condenado por jefes de Estado de diversas nacionalidades, funcionarios de gobierno y políticos estadounidenses incluidos.
Llama la atención, sin embargo, la lentitud y pasividad en la reacción de varios personajes de la política nacional que, lejos de pronunciarse inmediatamente en contra de las acciones criminales de nuestros poderosos vecinos del norte, hacen gala de su oportunismo y fingen no ver la flagrancia delictiva de los acontecimientos, fingen no darse cuenta que un Donald Trump envalentonado por el éxito de su “Operación Resolución Absoluta” ha anunciado a los cuatro vientos que su país gobernará Venezuela y las empresas estadounidenses explotarán su petróleo; en medio de la embriaguez de su victoria, se ha olvidado hasta del gastado argumento de “libertad”, “democracia”, y más recientemente “combate al terrorismo” y el “narcotráfico” que ha utilizado de hoja de parra para ocultar sus perversas intenciones.
A pesar de todo esto, quienes no podemos ni debemos dejar de rechazar la política injerencista de los imperialistas y repudiarla donde quiera que se presente, somos quienes formamos parte de las clases trabajadoras, de las grandes mayorías, porque las consecuencias del sometimiento de las naciones y el saqueo de sus recursos naturales siempre las paga el pueblo llano, el pueblo pobre y marginado, a quien sólo le dejan más miseria, suelos infértiles y contaminación.
Tal vez los políticos encumbrados crean que alineándose con los tiranos conservarán sus privilegios, pero el pueblo no tiene ese riesgo; si luchan, como dijo Marx: “Los proletarios no tienen nada que perder, más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”.
No hay que olvidar que México tiene una historia similar a la de Venezuela; en nuestro caso, una vez triunfada la Revolución, los Estados Unidos se apresuraron a presionar al gobierno de Álvaro Obregón para la firma del Tratado de Bucareli en 1923; una serie de acuerdos secretos para proteger los intereses de las compañías petroleras y evitar la retroactividad del artículo 27 de nuestra Constitución, a cambio, ellos le otorgarían reconocimiento diplomático a nuestro país; acuerdo que duró hasta 1938, cuando el presidente Lázaro Cárdenas nacionalizó la industria.
En América Latina, que es donde se ha venido a refugiar el imperio norteamericano ante su evidente debilitamiento en su confrontación con Rusia y China y la imposibilidad de seguirse expandiendo en aquella parte del orbe, hay otros países productores de petróleo y otros recursos, que llegado el momento estarán en riesgo de correr la misma suerte que Venezuela: Brasil, Colombia, Argentina, Ecuador, Guyana, Trinidad y Tobago y Perú, algunos de ellos ya señalados por Trump.
Por lo tanto, no nos haría mal tomar muy en serio las palabras del sacerdote y poeta John Donne, plasmadas en su Meditación XVII de “Devotions Upon Emergent Occasions”, y que Ernest Hemingway utilizó en su novela homónima, mismas que sirven de título a esta colaboración: “¿Por quién doblan las campanas?” y no ser indiferentes ante los acontecimientos actuales, es decir, actuar en consecuencia: “La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por lo tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.
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