En la primera quincena de marzo de 2026, la inflación alcanzó 4.63% anual, su nivel más alto en lo que va del año. Frutas, verduras y el pollo encabezan los aumentos. Mientras los números dibujan una tendencia, en los mercados, las cocinas y los bolsillos de los mexicanos se escribe otra historia: la de un país que aprende a vivir con menos.

Durango, Durango. — Son las ocho de la mañana en el Mercado Gómez Palacio. El sol comienza a calentar los pasillos de lámina y los puestos despliegan sus mercancías como un ritual que se repite cada día. Doña Marta Hernández, de 67 años, camina con una lista escrita en una hoja de cuaderno rayada. La sostiene con la mano izquierda; con la derecha aprieta una bolsa de mandado casi vacía. Lleva veinticinco años comprando aquí, en los mismos puestos, con los mismos vendedores. Pero desde hace unas semanas, dice, ya no reconoce los precios.
“El limón está a treinta y cinco pesos el kilo. La calabacita, a veintiocho. ¿Sabe cuánto pagaba hace tres meses? La mitad”, dice mientras revisa un puesto de verduras. “Ya no es cosa de una quincena. Es cada vez más caro. Uno ya no pregunta cuánto cuesta algo para ver si lo compra. Pregunta para ver si alcanza”.
En la primera quincena de marzo de 2026, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) confirmó lo que doña Marta y miles de consumidores en el país ya sentían en sus compras diarias: la inflación general anual se ubicó en 4.63 por ciento, un nivel que supera el rango objetivo del Banco de México y que consolida una tendencia al alza iniciada desde enero, cuando se registró 3.79 por ciento, y reforzada en febrero con 4.02 por ciento.
Pero los números generales no cuentan toda la historia. El verdadero golpe está en el detalle: el índice de precios no subyacente, aquel que mide productos volátiles como frutas, verduras y energéticos, escaló 1.96 por ciento en solo una quincena. Dentro de este, las frutas y verduras aumentaron 8.34 por ciento. Y dentro de ese mundo vegetal, algunos productos marcaron cifras que parecen errores: el jitomate subió 32.17 por ciento. La calabacita, 16.78. El limón, 13.11. El tomate verde, 10.79. La papa, 7.77.
El pollo, efectivamente, es otro de los protagonistas silenciosos de esta historia. En la primera quincena de marzo, su precio aumentó 3.18 por ciento, según los registros oficiales. En los mercados populares, ese porcentaje se traduce en pesos concretos que las familias ajustan cada semana.
El cálculo silencioso de los hogares
En alguna de las colonias de periferia, en Durango capital, Laura Estrada recibe su despensa a domicilio cada quince días. El repartidor, un joven de unos veinticinco años con gorra de beisbol, deja las bolsas en la entrada y le muestra el ticket: 1,240 pesos. Laura suspira. “Hace un año, lo mismo me costaba ochocientos pesos”, dice mientras revisa los productos: huevo, pollo, algunas verduras, arroz, frijol, jabón, papel higiénico. “Ya no compro lo mismo. Antes me daba para unos jugos, para unas galletas, para un detalle de la semana. Ahora es solo lo necesario. Si sobra algo, se guarda para la otra quincena”.
La suya no es una decisión aislada. Los datos comienzan a reflejar lo que en los hogares ya es una práctica cotidiana: el consumo se ha replegado hacia lo esencial. La Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC) reportó que en marzo el costo de la Canasta Básica Alimentaria alcanzó los 2,085.33 pesos en promedio nacional, un incremento mensual de 1.11 por ciento. Para una familia de cuatro integrantes, el gasto mensual en alimentos supera los diez mil pesos, una cifra que rebasa el salario mínimo mensual, fijado en 9,582.47 pesos.
“Sí, claro. La gente se sigue manteniendo a lo necesario”, señaló un dirigente del comercio organizado en Durango. “El aumento de la inflación nos ha tenido que llevar a mantenernos en lo básico, en lo esencial y bajar algunas cuestiones como lo recreativo”.
Las cifras entre estados muestran brechas que complican aún más el panorama. Campeche registró el mayor incremento en el costo de la canasta básica con 15.58 por ciento. Le siguieron Durango (6.06), Tamaulipas (5.92), Quintana Roo (4.63) y Coahuila (4.15). En el otro extremo, los precios más altos se concentran en el centro del país: Estado de México (2,353 pesos), Nayarit (2,319) y Tabasco (2,307).
Las razones detrás del repunte
En los pasillos de la Secretaría de Economía y en las mesas de análisis financiero, las explicaciones apuntan a múltiples frentes. Por un lado, el cambio climático ha alterado los ciclos agrícolas. Sequías prolongadas en el norte y centro del país, sumadas a lluvias atípicas en zonas productoras de hortalizas, han reducido la oferta de productos como el jitomate y la calabacita, cuyos precios se dispararon en semanas recientes.
Por otro lado, los conflictos internacionales, la guerra en Ucrania, las tensiones en Medio Oriente, mantienen presionados los precios de los energéticos y las cadenas logísticas globales. México, como importador neto de varios insumos agrícolas y energéticos, no escapa a estas dinámicas.
A esto se suma un contexto cambiario complejo. Aunque el peso mexicano mostró una recuperación reciente cotizando alrededor de 17.7 unidades por dólar a principios de marzo, la volatilidad sigue siendo un factor de riesgo para los precios de bienes importados y para las expectativas inflacionarias.
El Banco de México, por su parte, mantiene su tasa de interés de referencia en 7.00 por ciento, en un intento por contener las presiones sobre los precios. Sin embargo, las expectativas entre analistas están divididas. Una encuesta reciente de Citigroup mostró que de 35 analistas, 18 esperan un recorte de 25 puntos base en marzo, mientras que 15 anticipan que el ajuste ocurrirá hasta mayo. La mediana de las proyecciones ubica la tasa en 6.5 por ciento para finales de 2026.
El comercio en la cuerda floja
En la calle 5 de Febrero, en el centro de Durango, el negocio de abarrotes de don Javier López ha visto pasar generaciones. Abrió en 1985. Él mismo pone las cajas de refresco en la entrada y acomoda las bolsas de frijol en los estantes. Desde hace dos meses, dice, las ventas han cambiado.
“La gente compra menos. Viene, pregunta el precio, a veces deja algo en el mostrador porque no le alcanza. Ya no se lleva el refresco de dos litros; se lleva el de un litro. O no se lleva el jabón de marca; se lleva el más barato. Y yo entiendo, porque a mí también me afecta”, dice mientras atiende a una clienta que paga con monedas.
Los datos respaldan su percepción. Aunque las ventas minoristas en marzo mostraron un crecimiento de 5.0 por ciento respecto al mismo mes del año anterior, los analistas advierten que este aumento podría estar concentrado en productos de primera necesidad y no reflejar una recuperación del consumo discrecional. El Índice de Gerentes de Compras (PMI) manufacturero se ubicó en 47.1 en febrero, manteniéndose por sexto mes consecutivo por debajo del umbral de 50 puntos que separa la expansión de la contracción.
“Todavía es muy prematuro estar hablando del cierre de empresas por este impacto”, señaló un representante del comercio organizado en Durango, aunque reconoció que ya se registran cierres de negocios. “Sí hay cierre de empresas, pero no es algo extraordinario o por el impacto de estas cuestiones”, precisó.
Para muchos pequeños comerciantes, la esperanza está en que la temporada de calor, que suele traer consigo una mayor oferta de frutas y verduras, pueda revertir parcialmente la tendencia. “Esperamos que esta tendencia, conforme avance el año y llegue la temporada de calor, pueda tener una reversión en la cual vayan bajando los costos”, coincidió el dirigente empresarial.

El plato cotidiano
El mediodía en la cocina de la familia Martínez es un ejercicio de creatividad con recursos limitados. Mariana Martínez, ama de casa de 42 años, prepara caldo de res con verduras. No es caldo de res, en realidad, porque la carne la usa con moderación. Es caldo con verduras, y algunas piezas de res que rinden para toda la familia. “Antes le ponía dos kilos de carne. Ahora con un kilo hago que alcance. Le pongo más calabaza, más papa, más zanahoria. La carne ya es casi un adorno”, dice mientras pica verduras.
En su mesa familiar ya no hay refrescos todos los días, ni jugos envasados, ni galletas para la merienda. “Lo recreativo se fue”, resume. “Ahora si quiero darles un gusto a mis hijos, compro una bolsa de papas para compartir. Nada más”.
La suya es una historia que se repite en millones de hogares mexicanos. La inflación no solo modifica los precios; modifica las rutinas, los hábitos, las formas de relacionarse con la comida y con el dinero. También modifica las expectativas. La Encuesta de Expectativas de Citigroup refleja que los analistas prevén una inflación general de 4.0 por ciento para finales de 2026, mientras que BBVA Research anticipa que convergerá a 3.5 por ciento en 2027.
Pero para doña Marta, que a sus 67 años camina con su lista cada mañana, esos números lejanos no significan gran cosa. “Lo que yo sé es que hoy el jitomate está a treinta pesos el kilo. Y la semana pasada estaba a veintitrés. Y hace un mes, a veinte. No sé si eso va a bajar. Solo sé que hoy me cuesta más trabajo llenar mi bolsa”, dice mientras guarda su cartera y toma el camino de regreso.
A su alrededor, el mercado sigue su ritmo. Los vendedores ofrecen sus productos, las señoras regatean, los niños cargan las bolsas. La inflación está en todas partes, pero se vive en los detalles: en el peso que se aprieta más, en la lista que se recorta, en el plato que se ajusta. Mientras los analistas discuten sobre tasas de interés y expectativas económicas, en las cocinas de México se cocina la misma pregunta: con esto que tengo, ¿hasta dónde alcanza?
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