MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Organización popular: ¿utopía o necesidad histórica?

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En tiempos en que México parece debatirse entre la incertidumbre y el desencanto, la voz del maestro Aquiles Córdova Morán resuena con una tesis contundente: “solo hay un remedio, la organización del pueblo de México para defender su soberanía, la paz y la tranquilidad de todas las familias”. La declaración, pronunciada durante la inauguración de la Feria de Tecomatlán 2026 en Tecomatlán, no es menor. Se trata de una postura política y social que interpela directamente a la ciudadanía en un contexto que él describe como una “pinza mortal”: presiones externas y violencia interna.

La imagen es poderosa. Por un lado, las tensiones internacionales particularmente las provenientes de Estados Unidos bajo el argumento del combate al narcotráfico; por el otro, un clima interno de inseguridad que lacera el tejido social. Ante esa doble presión, el Maestro plantea que la única salida real es la unión organizada del pueblo. Más aún, sostiene que ninguna otra fuerza social o política propone una solución semejante con claridad.

Podrá debatirse si la afirmación es absoluta o si existen otros esfuerzos organizativos en el país, pero lo que resulta innegable es que la organización social ha sido, históricamente, motor de transformaciones profundas en México. Desde movimientos agrarios hasta luchas sindicales y estudiantiles, la participación colectiva ha moldeado buena parte de las conquistas sociales que hoy se dan por sentadas. La historia nacional demuestra que cuando el pueblo se articula con objetivos comunes, la correlación de fuerzas cambia.

La llamada “feria de la unidad entre los pueblos” no es solamente un evento cultural. Es la materialización práctica de una filosofía: la gratuidad como principio, no como eslogan; la cultura como derecho, no como mercancía. En un país donde el acceso al entretenimiento suele estar mediado por el poder adquisitivo, que un municipio logre organizar más de 200 actividades gratuitas financiadas mediante rifas, kermeses, faenas y aportaciones voluntarias durante todo un año merece, cuando menos, atención y análisis.

Lo que ocurre en Tecomatlán no es un simple festejo regional. Es, en sentido estricto, un experimento social. Miles de personas campesinos, estudiantes, amas de casa, migrantes que envían apoyo desde el extranjero contribuyen a levantar una feria sin fines de lucro ni patrocinios gubernamentales. En términos sociológicos, estamos frente a un modelo de autogestión comunitaria que cuestiona la idea de que solo el mercado o el Estado pueden organizar eventos de gran escala.

Hay además un elemento simbólico poderoso: la seguridad. En un México golpeado por la violencia, la posibilidad de que un evento masivo transcurra en un ambiente de orden y tranquilidad no es un detalle menor. Sugiere que la cohesión social y la participación activa pueden generar entornos más seguros que aquellos donde predomina la fragmentación.

Sin embargo, la organización popular no está exenta de retos. Requiere liderazgo, disciplina, transparencia y, sobre todo, una base ética sólida que evite que el esfuerzo colectivo derive en clientelismo o en formas de control político. La historia también enseña que las organizaciones pueden desviarse de sus fines originales si no existe vigilancia democrática interna.

¿Es entonces la organización popular una utopía? Más bien parece una necesidad histórica recurrente. En momentos de crisis, las sociedades vuelven la mirada hacia la acción colectiva como mecanismo de defensa y de construcción alternativa. La experiencia de Tecomatlán, con sus virtudes y sus posibles límites, abre un debate necesario: ¿puede el pueblo organizado convertirse en el verdadero garante de su propio destino?

Tal vez la respuesta no sea absoluta. Pero si algo demuestra esta experiencia es que la organización no es una abstracción teórica. Es una práctica concreta que, cuando logra articular voluntades y recursos, puede transformar realidades. En un país urgido de soluciones profundas, la discusión no debería centrarse en si organizarse es viable, sino en cómo hacerlo de manera incluyente, democrática y eficaz.

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