MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Sobre la incansable y necesaria lucha de nuestro magisterio

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• Ante rezagos y un analfabetismo del 13 %, los docentes son pieza vital para cambiar el rumbo de esta nación

En diferentes etapas de mi vida, y caminando junto al pueblo, tuve el privilegio de conocer al maestro en su faceta más pura y noble: aquella donde la comunidad no sólo lo ve como un simple instructor de aula que dicta lecciones, sino como un líder social, un gestor comunitario incansable, un consejero en los momentos de crisis y un férreo defensor de nuestra identidad cultural. 

Falta politizar la lucha; los maestros, junto con el pueblo, deben orientar sus fuerzas hacia la transformación total del modelo de país.

Históricamente, en los rincones más olvidados de nuestro país, el papel del educador se ha vuelto indispensable. No sólo está ahí para transmitir conocimientos académicos a sus educandos, sino para ponerse al frente y encabezar las demandas legítimas de un pueblo que tiene hambre y sed de justicia.

Esta vocación transformadora, compañeros, no es nueva. Grandes educadores a lo largo de la historia, como Platón, Aristóteles, Albert Einstein, María Montessori, Rafael Ramírez y Antón Makarenko, demostraron con su ejemplo que educar va mucho más allá de la simple repetición de textos o de memorizar fechas. 

Ellos forjaron en sus pupilos un pensamiento verdaderamente crítico y creativo, formando así a los grandes pensadores, científicos y líderes que moldearon el rumbo de la humanidad. El maestro es, por definición, el arquitecto del futuro.

Sin embargo, a pesar de la grandeza de esta labor, a México le hace falta educación, y las cifras oficiales que el mismo gobierno publica son un grito de alerta que no podemos ignorar.

De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), Chiapas sigue encabezando la dolorosa y lamentable lista de los estados más pobres del país, seguido muy de cerca por Guerrero y Oaxaca. Esta pobreza estructural, esta miseria que lastima a nuestras familias, se refleja de manera directa en las aulas.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), nuestro estado sufre una de las tasas de analfabetismo más altas de la república, superando el 13 % de la población.

"Detengámonos a pensar qué significa esto: significa que, de cada diez chiapanecos que te cruzas en la calle, al menos uno no sabe leer las letras de la ruta del transporte público, no puede leer la receta del médico para curar a sus hijos, ni puede entender el contrato de su trabajo para defenderse de los abusos”.

Y si analizamos la deserción escolar, los números de la Secretaría de Educación Pública son verdaderamente alarmantes para Chiapas. El sistema educativo actual está diseñado para ir expulsando sistemáticamente a los hijos de la clase trabajadora e irlos incorporando al sector laboral:

En primaria, la tasa de abandono ronda del 2 % al 3 %. Parece poco, pero son miles de niños que cambian los libros por el trabajo infantil.

Al pasar a secundaria, la deserción se eleva a más del 6 %.

En preparatoria, el filtro es brutal e implacable: más del 13 % de los jóvenes se ven obligados a abandonar sus estudios. A los dieciséis o diecisiete años, en lugar de soñar con una carrera, la falta de recursos los empuja al campo, al trabajo informal o a la migración.

Y en la universidad, la deserción supera el 10 %.

La conclusión es evidente y dolorosa: el hijo del obrero, el hijo del campesino, el hijo de la madre soltera sencillamente no puede sostener sus estudios porque el modelo económico se lo impide.

Para entender nuestro presente, hay que recordar que la lucha de los maestros a nivel nacional no nació ayer por un capricho. 

Desde los gloriosos movimientos de las normales rurales, pasando por las grandes huelgas de los años cincuenta encabezadas por maestros valientes como Othón Salazar, hasta la conformación de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación a finales de los años setenta para combatir el "charrismo" sindical y la imposición; el maestro siempre ha tenido que salir a las calles a arrebatarle sus derechos al Estado.

Las protestas de los maestros son necesarias y son legítimas. El magisterio sigue siendo un sector profundamente castigado, señalado y estigmatizado en nuestro país. 

A pesar de ser uno de los gremios más activos en cuanto a manifestaciones y movilizaciones por la defensa de sus derechos, no se ha logrado que se les dignifique ni se les reconozca el inmenso valor que tienen.

De acuerdo con datos del Instituto Mexicano para la Competitividad, durante el ciclo escolar 2024-2025 se registraron dos millones 62 mil 615 docentes en México, de los cuales cerca de 72 mil 900 pertenecen al nivel de educación básica aquí, en Chiapas.

A pesar de la enorme magnitud de su labor y de que en sus manos está el futuro de nuestros hijos, sus percepciones económicas están entre las más bajas comparadas con otras profesiones: un promedio de 14 mil 500 pesos mensuales en preescolar y 15 mil 746 pesos en primaria.

A este panorama de injusticia salarial se suma una lacerante desigualdad de género. Las maestras, las mujeres que educan a nuestros niños, ganan, en promedio, un 20 % menos que sus compañeros varones.

Tan sólo en Chiapas, mientras un maestro percibe un promedio de 16 mil 300 pesos, una maestra recibe apenas 13 mil 60 pesos por realizar exactamente la misma labor, con la misma dedicación y el mismo esfuerzo. Es inaceptable.

Y no nos dejemos engañar. El reciente anuncio gubernamental de un incremento salarial del 9 % resulta insuficiente y, francamente, una burla ante la realidad económica que vivimos todos los mexicanos. 

Sigue existiendo un abismo frente al costo real de la vida: tan sólo entre abril y mayo, el costo de la canasta básica aumentó un 6.3 %. Es decir, la inflación y la carestía de la vida devoraron de inmediato el supuesto aumento, pulverizando el poder adquisitivo de los docentes.

Y, por si fuera poco, el maestro no sólo lucha contra la pobreza, sino que debe sortear los constantes cambios y ocurrencias en los programas de estudio. Diseños que responden más a las necesidades ideológicas y políticas del gobierno en turno, que a un verdadero interés pedagógico por construir el conocimiento sólido que requiere una patria más justa y productiva.

Ahora bien, compañeros, en el Movimiento Antorchista reconocemos a la CNTE, sin lugar a dudas, un grupo organizado, sumamente vigoroso y combativo. Tienen una admirable capacidad de convocatoria y resistencia.

Pero el problema radica en que van luchando por demandas inmediatas que les van apareciendo en el camino. Van apagando fuegos: hoy luchan por un bono, mañana por la reinstalación de un compañero, pasado mañana por el rechazo a una ley educativa. 

Y aunque esas luchas son justas, no dicen nada ni emprenden una lucha real, profunda y definitiva por arrancar de raíz los males estructurales de este sistema económico capitalista, que es la verdadera causa de la pobreza educativa. 

Falta politizar la lucha; los maestros, junto con el pueblo, deben orientar sus fuerzas hacia la transformación total del modelo de país, hacia una justa distribución de la riqueza nacional.

Y mientras discutimos esto a nivel nacional, el ejemplo más crudo, doloroso y real de este olvido por parte de las autoridades se vive aquí, en nuestras entrañas, en el corazón de nuestras colonias y comunidades marginadas en Chiapas.

Hablo de un grupo de 41 valientes maestros de escuelas de nivel básico en los centros escolares de las colonias Unidad Antorchista en Tuxtla Gutiérrez, El Porvenir en Ocozocoautla, La Candelaria en Berriozábal y Elambó Zinacantán. 

Estos 41 héroes anónimos suman ya más de cinco años trabajando sin recibir un solo pago. ¡Cinco años de abandono institucional!

Si ellos continúan frente al pizarrón, si siguen levantándose temprano para ir a dar clases sin llevar un peso a sus bolsas, no es por una correspondencia económica que el Estado les ha negado de manera cruel e inhumana. Están ahí porque poseen una profunda, inquebrantable y verdadera conciencia social. Porque aman al pueblo.

Ellos saben que están educando al hombre y a la mujer del mañana, y que tienen en sus manos el poder de transformar conciencias para revolucionar, de una vez por todas, a nuestra sociedad. A ellos, nuestro más profundo reconocimiento, nuestra admiración y nuestro respaldo total. No están solos.

Compañeros, la lucha por la educación no es sólo tarea del maestro en huelga; es tarea del padre de familia, del estudiante, del obrero... es tarea de todos. 

Debemos exigir condiciones dignas para quienes forman a nuestros hijos, pero sobre todo, debemos organizarnos como un solo hombre y un solo ideal para cambiar de raíz las condiciones de pobreza que ahogan a nuestro estado y a nuestro país.

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