MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Solidaridad con el respeto al derecho

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Martin Niemöller, pastor luterano alemán, alguna vez señaló con respecto al fascismo, practicado en su tiempo por los hitlerianos: primero vinieron por los socialistas y guardé silencio porque no era socialista; luego vinieron por los sindicalistas y no hablé porque no era sindicalista; luego vinieron por los judíos y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.

Por eso, cuando escucho a alguien disculpar lo ocurrido con el presidente de la nación venezolana, privado ilegalmente de su libertad contra toda norma por una potencia extranjera que violó flagrantemente la soberanía de ese país, me pregunto sinceramente: ¿de qué se alegran?

No debemos olvidar que somos latinoamericanos y que, como tales, nos tratan: por eso las redadas y vejaciones a nuestros connacionales.

Imponer la fuerza por la fuerza misma es quebrantar no sólo la justicia sino también el derecho que, parafraseando al benemérito de las Américas, debe ser respetado sin cortapisas para preservar la paz entre los individuos como entre las naciones.

Nadie, desde mi modesto y personal punto de vista, debiera ver con normalidad las agresiones de los poderosos a los débiles sólo por el hecho de ser débiles. Y si el derecho es, cuando menos hasta cierto punto y según los ideólogos de la democracia liberal, una garantía de la convivencia civilizada y pacífica entre los seres humanos, y por otro lado la voluntad de los poderosos hecha ley, está claro que su violación por parte de quienes pueden hacerlo sin sufrir las consecuencias no será nunca en favor de las mayorías del mundo, empobrecidas y carentes no sólo de poder sino hasta de los medios de subsistencia elementales; siempre será más bien en su perjuicio.

Por tanto, también en perjuicio de todos los pobres como clase, aunque no resintamos los efectos de manera directa e inmediata, pues los pobres somos pobres y somos débiles en cualquier lugar del planeta en que nos encontremos: nos iguala nuestra pobreza.

Por eso es necesaria la solidaridad con los que padecen la injusticia y la violación de sus derechos donde sea, y esta solidaridad, está claro, no puede venir de otro lado sino sólo de los demás pobres que son víctimas del mismo estado de cosas.

Los mexicanos, sobre todo los pobres, no deberíamos olvidar muchas cosas que pasamos por alto comúnmente —es dañina la desmemoria—, sobre todo cuando nos condena a repetir la misma historia, pues ya hemos sido víctimas, por ejemplo, en el pasado, de agresiones imperialistas, sobre todo durante el siglo XIX, y estamos también siendo amenazados en el presente por los señores de la guerra, que lo han declarado abiertamente.

Tampoco debemos olvidar que somos latinoamericanos y que, como tales, nos tratan: por eso las redadas y vejaciones a nuestros connacionales. 

Además, dicho en palabras del excelso poeta jerezano López Velarde en su “Suave patria”: “Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo, el diablo…”, pues dados los acontecimientos y las claridosas declaraciones norteamericanas, la acción tuvo como fondo el petróleo y el volver a hacer de América territorio exclusivo, como el antiguo coto de caza feudal, sólo para los poderosos norteamericanos anglosajones.

Todo cuanto quiera justificarse para la acción referida pudo resolverse por la vía diplomática y el derecho internacional, pero las acciones estadounidenses realizadas el 3 de los corrientes no sólo contravienen las normas del derecho internacional, sino que además violan y socavan el orden imperante entre las naciones del mundo que, según la teoría del Estado moderno de uso corriente, tiene por elementos fundamentales, por ejemplo, la soberanía, principio que establece que no hay ningún poder por encima del Estado soberano y cuyo espacio territorial es inviolable porque es sobre el cual se ejerce dicha soberanía.

Sin soberanía no hay territorio ni Estado nacional; lo cual implicaría, simple y sencillamente, un atentado contra la convivencia pacífica y civilizada de las naciones y pueblos del mundo.

Por lo anterior, los países, con razón y casi unánimemente, sobre todo los partidarios de un mundo multipolar —pero no sólo estos—, han condenado la acción hegemónica y violatoria del derecho internacional realizada por Estados Unidos, y lo conminan a apegarse al derecho internacional y a la Carta de la Organización de las Naciones Unidas. Lo contrario es implantar por la vía del hecho la ley de la selva, en la que llevaremos, como siempre, la peor parte, los países débiles y, dentro de ellos, los ciudadanos más débiles y desprotegidos.

Por eso, no queda de otra a los pobres de México más que conocer la realidad, concientizarse y decidirse a luchar organizadamente por una vida mejor: de paz, de armonía, de respeto y de desarrollo para todos; por una sociedad mejor organizada donde vuelva el hombre a ser hermano del hombre.

Sólo los pueblos unidos, organizados y conscientes pueden, en todo caso, poner alto a los abusos y arbitrariedades de los poderosos a todos los niveles y construir un mundo mejor y más habitable para todos.

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