MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Nuestros mártires no han caído en vano

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• El homenaje anual del 6 de junio reúne a miles de personas para recordar a quienes entregaron su vida por sus ideales

El próximo 6 de junio, como cada año en Tecomatlán, Puebla, los antorchistas de todo el país recordamos a nuestros mártires, hombres y mujeres que ofrendaron su vida para defender la causa más noble a la que puede aspirar un ser humano en este tránsito terrenal que nos toca vivir: defender, ayudar, educar, organizar y dirigir, en cada acto individual o colectivo, a los más humildes y desposeídos de nuestra patria. 

Los que han muerto por este sueño colectivo, con su partida han abonado la tierra donde germinan las semillas de sus ideales.

Como seres humanos adelantados a su tiempo, aspiraron a un modelo de sociedad donde la riqueza se distribuyera socialmente de forma equitativa; para ello, desde su trinchera, todos lucharon para que poco a poco se fuera construyendo una organización que tomara el poder nacional y creara un modelo de sociedad más justa. 

Cada 6 de junio, homenajearlos significa un día luminoso en la vida de nuestra organización. Recordamos esta fecha para redoblar nuestro ímpetu, para refrendar nuestro compromiso de seguir defendiendo los ideales que hasta el último suspiro defendieron nuestros caídos.

En las filas del pueblo estaban nuestros mártires, que en innumerables actos de heroísmo y de sacrificio defendieron a la organización en distintos frentes y comisiones, e hicieron posibles los triunfos y los éxitos de nuestro movimiento durante 52 años. 

Hoy honramos de manera digna a nuestros compañeros muertos, a los que han caído, desde el primero hasta el último, porque esta organización nació de la rebeldía de todo un pueblo oprimido y empobrecido; nació de la inteligencia y dignidad de un puñado de hombres y mujeres. 

Esta lucha comenzó con los primeros hombres y mujeres que sembraron el germen de nuestra organización y la regaron para que floreciera y diera sus primeros frutos, en muchos de los casos, con el derramamiento de su propia sangre. Mártires que siguieron el curso, la línea, que jamás abandonaron ni traicionaron por fidelidad a su pueblo; ellos deben ser nuestro ejemplo para seguir enfrentando muchas y muy difíciles tareas que tenemos por delante, de eso debemos estar seguros.

Hoy la historia de nuestra organización se escribe en el constante caminar, sin descanso, por los campos, colonias, barrios, pueblos, ejidos, ciudades, escuelas, fábricas y comercios; por todas partes vamos sembrando ideas y, en cada acto concreto, demostrando que una vida mejor es posible. 

Con trabajo tesonero y abnegado vamos avanzando. En ese andar de décadas se han juntado muchos hombres y mujeres dignos de esta tierra, y en la larga lucha de más de 50 años han muerto muchos. 

En una misma dirección y un solo camino, trazados en una sola línea económica, política y filosófica, demostrando que somos un solo hombre y un solo ideal. Por ese camino transitaron muchos de nuestros mártires, muchos de ellos a quienes hoy venimos a rendirles un merecido homenaje. 

Ellos siempre llevaron adelante y muy en alto, en vida, nuestra bandera del Antorchismo Nacional. Cuando la causa por la que se lucha no alcanza la breve existencia transitoria para verla materializada y los que te suceden continúan alzando tu bandera, como tú soñaste, en un acto de compromiso generacional, bien puede decirse que tu lucha no fue en vano.

Los antorchistas tenemos claro que nuestra historia, las victorias y los avances de nuestro movimiento social se escriben cada día con el esfuerzo individual y colectivo, con la suma del trabajo diario. No es sólo con el heroísmo de un día, sino con el heroísmo de todos los días; con el deber que se cumple puntualmente todos los días en cada una de las tareas; que en ese deber se nos va la vida, gota de sudor tras gota de sudor, dejando un instante en cada acto cotidiano, en cada esfuerzo y sacrificio. 

La unidad, la organización y la educación del pueblo trabajador se han convertido en una cuestión esencial para la permanencia y desarrollo de nuestra organización. Y así, un día como hoy, cuando recordamos a los que han muerto, pensamos que sólo hay un sentido, sólo hay, en esencia, una idea absolutamente consoladora, compensadora, que reconforta, que alivia nuestro espíritu y lo fortalece: que los que han caído por causas naturales o por las balas asesinas de los enemigos, entregando su vida por este sueño colectivo, con su partida han abonado la tierra donde germinan las semillas de sus ideales. 

Los que han muerto en las filas de Antorcha tienen que ser una lección permanente para nosotros, una fuente de decisión, vigor, valentía, entusiasmo, firmeza y convicción de morir como ellos, llevando en la mano, muy en alto, la bandera del antorchismo.

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